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Journal Club: Suicidio asistido, ¿dónde está aprobado y bajo que lineamientos?

El hombre tiene el poder de ejercer su derecho de autonomía respecto a las diversas circunstancias que configuran su vida; por lo tanto, los intereses al momento de enfrentar la enfermedad también forman parte de este derecho. Sin embargo, al proponer casos en que la enfermedad presenta un carácter progresivo e irreversible, hecho por el cual la muerte se asume como un acontecimiento próximo e inminente, las alternativas de elección para el cumplimiento del principio de autonomía parecen esfumarse o, por lo menos, limitarse a una solución exclusiva: da la impresión que la asistencia médica solo está capacitada para disminuir la intensidad de los males que aquejan a este tipo de pacientes que se encuentran desesperanzados.

Por consiguiente, dichos tratamientos están exclusivamente orientados a proporcionar alivio del dolor físico, síntomas y brindar compañía a los pacientes que encaran los últimos momentos de sus vidas. De este modo se tiene que la aplicación de los cuidados paliativos, con el fin de proporcionar comodidad y dignidad a la muerte de los pacientes, resulta mayormente provechosa que las prácticas de obstinación terapéutica en la lucha infructífera contra el diagnóstico marcado por la enfermedad terminal, no obstante, es preciso hacerse cargo de las eventualidades en que los tratamientos confortables no solucionan la cuestión del sufrimiento.

Dolor y sufrimiento son experiencias distintas, por lo tanto, es necesario tratar las excepciones que ponen sobre la mesa la posibilidad de validar la opción del suicidio médicamente asistido, al plantear la muerte como una solución controlada por el enfermo. En esta argumentación se considera que la muerte no es el peor escenario posible. Todavía existen ocasiones en los que pacientes incurables, sufren de una forma intolerable antes de morir, a pesar de que se realicen grandes esfuerzos por evitarles ese sufrimiento. Algunos de estos pacientes preferirían morir antes que vivir en las condiciones impuestas por su enfermedad, y unos pocos piden ayuda para ello a sus médicos.

Parecería lógico que en una sociedad liberal como la nuestra, se involucrara también al individuo respecto a las decisiones sobre cómo poner fin a su existencia. Esta idea es precisada como el acto de quitarse intencionalmente la vida con la ayuda de una persona que deliberadamente entrega el conocimiento, los medios, o ambos. Ayudar en un suicidio supone proporcionar un método de suicidio (podría ser una receta de barbitúricos) al paciente, que, por otro lado, es físicamente capaz de llevarlo a cabo, y que consecuentemente actúa bajo su propia responsabilidad. La ayuda entregada por un médico resulta sumamente significativa a la hora de proponer la tesis como una opción de descanso para el enfermo insatisfecho por los cuidados paliativos, puesto que su carácter letal implica un análisis que trasciende los deseos del particular que decide morir.

Por el contrario, la eutanasia se ha definido, más bien, como un acto deliberado en que una persona acaba intencionalmente con la vida de otro individuo, pues su objetivo es aliviarlo del sufrimiento que lo aqueja. Este hecho hace que la acción sea cuestionada desde el punto de vista ético, debido a que ocasiona dificultades al momento de definir con precisión la concordancia entre las voluntades del paciente y el médico.

Tanto la eutanasia y el suicidio médico asistido son actualmente ilegales en muchos países del mundo. En la mayoría de países la legislación lo contempla como delito punible, en otros las conductas de mera cooperación no necesaria o complicidad son toleradas (Noruega, Dinamarca, Alemania, Austria y España)y solamente en algunos es legal (Suiza, Bélgica, Luxemburgo, Holanda y en los Estados de Oregón y Washington de los Estados Unidos).

La disyuntiva en cuanto a la práctica ha de ser resuelta a partir de ciertas especificaciones respecto a los individuos habilitados para solicitar la asistencia al suicidio, ya que con ellas se cataloga la elección del paciente individual como un acto moral que evitaría la penalización del médico que presta el servicio. Los pacientes que pueden verse beneficiados por la práctica del suicidio médicamente asistido deben cumplir con ciertos requisitos indispensables que sustentan el respeto por la decisión autónoma.

A partir de la relación entre el enfermo y su médico, caracterizada como un vínculo de respeto y responsabilidad en el que se juegan los males del paciente y el deber del profesional, es posible determinar la consistencia de los motivos que conducen a esta resolución, y debido a que la colaboración del profesional implica una ética respecto al cuidado del enfermo, las condiciones establecidas para tomar en cuenta la petición de ayuda al suicidio deben estar firmemente asentadas y puestas a disposición del paciente informado. De esta manera el paciente solicitante y habilitado para ejecutar el suicidio con asistencia médica debe encontrarse afectado por una enfermedad terminal y en un grado de competencia tal que pueda decidir racionalmente cómo y por qué pone fin a su vida; demostrando, así, los verdaderos deseos de una elección. El paciente terminal, por lo tanto, debe cumplir con ciertas características que definen su afección como: ser portador de una enfermedad o condición patológica grave, que haya sido diagnosticada de forma precisa por un médico experto; tener una enfermedad o condición diagnosticada con carácter progresivo e irreversible, con pronóstico fatal próximo o en un plazo relativamente breve, además donde los recursos terapéuticos empleados han dejado de ser eficaces.

En algunos lugares donde el suicidio medico asistido es legal, como en los estados de Oregón y Washington de los Estados Unidos, los lineamientos para esta práctica están bien determinados. Estos incluyen: que el paciente sea mayor de 18 años, el mismo debe presentar dos solicitudes en un intervalo de 15 días, una de las cuales debe ser presentada por escrito; por otro lado el paciente debe encontrarse cognitivamente competente. Una vez se verifique el cumplimiento de estos lineamientos, se da un tiempo de espera de 48 horas para surtir la receta proporcionada por el médico, y de esta manera llevar a cabo el suicidio asistido.

La idea de competencia, por lo tanto, corresponde al criterio que evalúa la capacidad de poner en práctica las decisiones tomadas por el principio de autonomía, es decir, el parecer del paciente respecto a los tratamientos y eventuales alternativas médicas disponibles para su situación. Definir la competencia del enfermo es una labor compleja, puesto que para habilitar la participación libre e informada en la toma de decisiones médicas, es necesario determinar la coherencia entre las elecciones del paciente y sus valores, creencias y opiniones.

El suicidio con asistencia médica debería entonces, formar parte de un espectro de opciones en cuanto a un cuidado confortable, que comenzaría con el abandono de los tratamientos de mantenimiento, incluidas aquellas medidas más agresivas destinadas a aliviar los síntomas y que permitiría el suicidio asistido únicamente si el resto de las alternativas han fracasado y se cumplen todos los criterios.

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Resumen a cargo de Daisy Silva Vargas (Algología, INCMNSZ).


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