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Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición "Salvador Zubirán"
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Revisión Bibliográfica: Dolor crónico y trastorno por estrés postraumático.

En la literatura y en la práctica clínica se ha documentado una prevalencia concomitante del dolor crónico y el trastorno por estrés postraumático (TEPT). La prevalencia de dolor crónico en pacientes con TEPT se ha reportado en un rango del 20 al 80%, mientras que pacientes con TEPT que cursen con dolor crónico se presenta entre un 10 al 50% de los casos (Brennstuhl, Tarquinio, & Montel, 2015; Scioli-Salter et al., 2015). Los pacientes con ambos padecimientos tienen una mayor severidad de los síntomas, peores resultados del tratamiento, un peor pronóstico, mayores niveles de discapacidad y distrés psicológico, y patrones de pensamiento y afrontamiento poco adaptativos (Scioli-Salter et al., 2015; Outcalt, Hoen, Yu, Franks, & Krebs, 2016).

En un estudio se encontró que aquellos pacientes con TEPT y dolor crónico, reportaban más severidad e interferencia del dolor, tenían más síntomas depresivos y tenían mayor probabilidad de cumplir con criterios para el diagnóstico de abuso de alcohol u otras substancias. Cabe mencionar que los síntomas depresivos se asociaron independientemente con la interferencia al dolor pero no con su severidad, sugiriéndose que es la anhedonia y la fatiga lo que puede condicionar el abandono de las actividades agradables (Morasco et al., 2013).

El TEPT, antes conocido como “neurosis de guerra”, por hacerse evidente después de las guerras mundiales, se caracteriza por síntomas que aparecen después de un evento traumático donde la vida está en alto riesgo. Una vez pasado el evento, aparecen recuerdos intrusivos que se vivencian en cada ocasión como si se estuviera en la situación original y se asocian con evitación, aplanamiento emocional e hiperactividad neurovegetativa. Estos síntomas deben durar por más de un mes y alterar significativamente la vida del individuo. El constructo de trauma actualmente también ha incluido experiencias como: enfermedades crónicas, duelo y dolor (Brennstuhl, Tarquinio, & Montel, 2015).

El modelo propuesto por Sharp y Harvey (2001) para explicar la asociación de estas dos condiciones describe siete componentes:

  1. Sesgos atencionales: donde las sensaciones dolorosas recuerdan el trauma en una forma recurrente.
  2. Sensibilidad a la ansiedad: donde la ansiedad asociada al TEPT contribuye a mantener las creencias del daño producido por el dolor, generando más preocupación.
  3. Recuerdos persistentes del trauma: el dolor crónico se vive como una reviviscencia del trauma, lo que mantiene la conexión entre la sensación física y el trauma.
  4. Estilo de afrontamiento evitativo: donde se conjunta el desacondicionamiento físico para realizar actividades en el dolor crónico y el comportamiento de evitación del TEPT.
  5. Depresión y niveles reducidos de actividad: que mantienen la incapacidad en el dolor crónico y la evitación del trauma en el TEPT
  6. Percepción del dolor: que se intensifica por la ansiedad, aumentando la intensidad del dolor, el distrés emocional y la incapacidad.
  7. Recursos cognitivos: que se van agotando, dejando pocos recursos para desarrollar estrategias más adaptativas.

Desde el punto de vista de las neurociencias, se han evaluado mecanismos patofisiológicos compartidos, donde se han relacionado reducciones basales y/o aumento producido por el estrés en el sistema nervioso central en los niveles de NPY y esteroides neuroactivos gabaérgicos. Además, parece existir evidencia sobre la desregulación en los sistemas inmunes, opioide y endocanabinoide en dolor crónico y TEPT (Scioli-Salter et al., 2015).

Hasta el momento, no existen instrumentos de evaluación que midan directamente la asociación entre TEPT y el dolor crónico. Lo que se conoce hasta el momento no permite establecer una relación causal entre estos dos padecimientos, sin embargo, es importante reconocer la estrecha asociación, así como los factores mediadores, para desarrollar intervenciones que abarquen a ambas condiciones de forma conjunta y no de manera aislada (Brennstuhl, Tarquinio, & Montel, 2015).

Bibliografía

  1. Brennstuhl, M.-J., Tarquinio, C., & Montel, S. (2015). Chronic Pain and PTSD: Evolving Views on Their Comorbidity: Chronic Pain and PTSD: Evolving Views on Their Comorbidity. Perspectives in Psychiatric Care, 51(4), 295–304. https://doi.org/10.1111/ppc.12093
  2. Morasco, B. J., Lovejoy, T. I., Lu, M., Turk, D. C., Lewis, L., & Dobscha, S. K. (2013). The relationship between PTSD and chronic pain: Mediating role of coping strategies and depression: Pain, 154(4), 609–616. https://doi.org/10.1016/j.pain.2013.01.001
  3. Outcalt, S. D., Hoen, H. M., Yu, Z., Franks, T. M., & Krebs, E. E. (2016). Does comorbid chronic pain affect posttraumatic stress disorder diagnosis and treatment? Outcomes of posttraumatic stress disorder screening in Department of Veterans Affairs primary care. Journal of Rehabilitation Research and Development, 53(1), 37–44. https://doi.org/10.1682/JRRD.2014.10.0237
  4. Sharp, T. J.,& Harvey, A.G. (2001). Chronic pain and posttraumatic stress disorder:Mutual maintenance? Clinical Psychology Review, 21, 857–877.
  5. Scioli-Salter, E. R., Forman, D. E., Otis, J. D., Gregor, K., Valovski, I., & Rasmusson, A. M. (2015). The Shared Neuroanatomy and Neurobiology of Comorbid Chronic Pain and PTSD: Therapeutic Implications. The Clinical Journal of Pain, 31(4), 363–374. https://doi.org/10.1097/AJP.0000000000000115

Resumen a cargo de de Araceli Martínez (Psicología, INCMNSZ).


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